jueves, 30 de agosto de 2012

El día que Messi jugó para Brasil


Tuve la suerte que en mi casa mi papá tenía una frase sagrada a la hora de hablar de fútbol. Era indiscutible, como aquella que mata cualquier cuestionamiento posible o duda existencial en cuestión de segundos. "Los mejores jugadores de fútbol son brasileños, son millones y en todo gran equipo campeón la figura es un brasilero". Así. Tajante y sin lugar a repreguntarle nada se acababa lo que había empezado como un cruce de ideas. 
La gracia del destino hizo que, gracias a esta hermosa -y muy bastardeada- profesión que es ser periodista, un mediodía de estos me encontrara en Río de Janeiro. Allí en las playas más 'famosas do Mundo' se construyen los sueños de cada nene brasileño que quiere imitar a Ronaldo, Ronaldinho o Neymar quebrando caderas en los mejores estadios del mundo. Luego de deleitarme con los malabares y la alegría que destilaban los negritos jugando sin fijarse si el equipo quedaba mal parado cuando atacaba o si los laterales iban pero no volvían. Igual como sentimos el fútbol en Augol.
El poco dinero y el sobrante de tiempo que tenía para ir al hotel a preparar las cosas para luego ir para el estadio me hicieron animarme a tomar un transporte distinto al aconsejado. Pagué mis 3,50 reales y me subí, junto a un par de colegas, a la combi de Analía, quien con su sonrisa brasileña nos aseguró que el recorrido iba a hacer 'costeando Ipanema, Leblon y llegando a Copacabana'. Las risas eran proporcionales a la cantidad de personas que se subían a la combi. El viaje ya dejaba de ser confortable para convertirse en uno de subte en hora pico en la línea C...
Las risas seguían fluyendo hasta que un morocho de 1,90 ingresó a la camioneta y soltó un 'hasta la Rosinha'. ¿La Rosinha? ¿Escuché bien? Me preguntaba yo solo, tratando de no ponerme pálido por el cagazo que me resultaba tener que llegar a la mítica favela carioca. En efecto la combi empezó a meterse por adentro, las personas se bajaban, y la suerte nos dejó a los argentinos solos con Analía y el chofer. 'Tranquilos, que no pasa nada', soltó sin evitar la carcajada la dueña del recorrido. Pero ya más seria se la escuchó decir: 'Pero les pido por favor que no hablen. Es para evitar cualquier problema. No saquen cámaras, ni celulares, porque la gente de aquí no quiere que se la fotografíe...'

No puedo evitar que se me erice el pelo cuando recuerdo que en la puerta de la 'Favela mais grande do mundo' estaban las cuatro camionetas del BOPE (Batallón de Operaciones Policiales Especiales) custodiando la seguridad de todos. Sin planearlo y sin estar preparado (¿se está preparado para tamaña experiencia?) estaba apunto de ingresar en la Rosinha. Ustedes se preguntarán ¿qué tiene que ver el comienzo de mi relato con lo que estaba a punto de suceder? 
La emoción de conocer las calles angostas y ver a los chicos jugando en los pequeños rincones de ese monstruo construido entre morros se hizo eterno cuando lo vi a él. A ese que gambeteaba con una facilidad asombrosa y se les reía a los rivales mostrando sus dientes, y también hacía disfrutar a todos los que transformaban el potrero en el Maracaná. Ese que tenía la 10 en la espalda, ese número que en un país como Brasil pesa más que un cargo muy elevado en la política de Estado. Pero a él nada le importaba, podría tener un millón de nombres distintos de esos brasileños que terminan en 'inho', ni tampoco su edad (no pasaba los 8 años calculo) pero tenía algo que hizo que ese viaje me lleve de regreso a mi casa de Guillón y a las discusiones con mi viejo. Tenía la 10 de Messi. La albiceleste. La que los brasileños no pueden ni ver, por la lógica rivalidad que tenemos nosotros con ellos y ellos con nosotros. 
Mi viejo no podría creerlo. Un nene brasileño, que seguro escuchará las historias que le cuenta su papá acerca de la panza de Coutinho, la mala vida de Garrincha y el enorme talento del Brasil del '70 , defendía en la favela las gambetas de Messi. Messi jugando para Brasil. En Río de Janeiro. En el país mais grande do mundo. Aunque mi viejo no lo crea y yo tampoco...



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