“Hacia 1930. Hice mis estudios secundarios en el colegio de la Universidad de La Plata, lejos de mi familia, que estaba en Rojas. Me sentía muy solo, pero leía mucho, todos los románticos alemanes como Schiller y Kleist, y a los rusos, que me subyugaron. Me acuerdo de Satchka Yugulev, de Andreiev, que me fascino porque el protagonista era un muchacho revolucionario de una familia burguesa o aristocrática. No recuerdo. Dicho sea de paso, cuando ya de grande lo encontré en mi biblioteca no pude pasar de las primeras páginas, de lo malo que me pareció al lado de los genios de la talla de Dostoievsky, Gogol y todo aquel fenomenal conjunto de escritores, que nunca más se repitió. Al mismo tiempo hice amistad con estudiantes anarquistas y comunistas. En aquel tiempo, esos movimientos eran muy fuertes, debido a la inmigración de trabajadores italianos, españoles, rusos, búlgaros, pobres diablos que trabajaban en los grandes frigoríficos de Berisso. Yo tenía unos quince años, por entonces, y vacilaba entre el anarquismo y el comunismo. Tenga en cuenta que la Revolución Rusa había estallado en 1917, de modo que aún conservaba el resplandor romántico de toda gran revolución, cosa que, a pesar de ser hijo de burgueses, o por eso mismo, me subyugaba, porque desde adolescente me angustiaron lo desheredados. Empecé a acompañar a muchachos hijos de anarquistas y comunistas que iban a los dos gigantescos frigoríficos para ayudar a los obreros en sus luchas por aumento de centavos en su salario. Vivian amontonados alrededor de esos monstruos en casillas de zinc rodeados de aguas podridas y verdosas de a cinco o seis en una pieza. Así viví oscilando entre las dos doctrinas.” - (Entrevista, 1995)
“En la época del famoso “Boom”, mas allá de sus valores literarios, muchos escritores me acusaron de traidor al comunismo, pretendiendo ignorar que yo había vivido aquella entrega, pero también la desilusión de ver como el estalinismo había corrompido los principios que el movimiento pretendía enaltecer”. - (Antes del fin. 1998)


